Luis Alberto Spinetta - Ines Ayerza_bajaYa pasaron tres años de la lamentable partida de Luis Alberto Spinetta, uno de los indiscutidos líderes de este movimiento conocido como rock argentino, o más fanáticamente como “rock nacional”. Con sus cuatro décadas de carrera, el cantante, guitarrista y compositor del barrio porteño de Belgrano, parece haber quedado en la memoria colectiva no sólo como un artista “volado”, sino como un tipo intransigente en cuanto a sus exigentes parámetros artísticos y a su resguardada vida privada.

Por Marcelo Baltar
Ilustración de Inés Ayerza

Después de sobrevolar la vida de Spinetta, es probable que uno se pregunte: ¿cómo pudo este músico conciliar la complejidad de su arte con las demandas de la industria cultural y la chatura de cierta parte del público rockero? ¿Podría alguien artísticamente complejo y exigente tener hoy el éxito que tuvo el Flaco a sus 20 años? Recordar y escuchar a Luis Alberto Spinetta es remitirse a una forma de arte que nada tiene de simple, ni de directo. Un misterio, una búsqueda constante, y hasta un inquietante delirio invaden toda su obra. Para algunos su música es “sublime”, para otros es “buena”, a otros les resulta indiferente, pero nadie ha confesado (por lo menos públicamente) que la música del Flaco sea “mala”. Seguramente porque ofrece ciertos misterios y enigmas que terminan dejando sin palabras hasta al más ignorante y soberbio crítico. Convengamos, no obstante, que “bueno” o “malo” son términos subjetivos, arbitrarios, y por demás vagos e imprecisos. Nadie puede imaginar cómo es una música si sólo le dicen que es “buena” o “mala”. Sin embargo, como suele sostener Alejandro Dolina, existe una especie de parámetro o canon para clasificar a diferentes “calidades” de música, ya no desde aspectos tan subjetivos o imprecisos como el gusto, sino desde un lugar más científicamente observable: es decir analizando cuán compleja es una obra. Se entiende que una pieza musical es más compleja cuando requiere de una mayor destreza instrumental o vocal para su ejecución, y de una mayor “competencia cultural” del oyente para su contemplación; entendiendo que ese oyente debe tener cierta cercanía cultural (entorno, formación) con el artista. Suelen considerarse complejas aquellas obras que contienen arduas y extensas sucesiones de notas musicales, o las que poseen una sofisticada armonía en su acompañamiento (o como se dice habitualmente “muchos tonos”).

Por el lado literario, la mayor complejidad puede encontrarse en la utilización de un amplio vocabulario de poco uso coloquial (escribir “en difícil”), o en la incorporación de metáforas, o alegorías, entre muchos otros recursos. En lo que concierne a la canción propiamente dicha, la complejidad se puede buscar en el rango de notas que abarca su melodía, en la cantidad y rareza de acordes que tiene y en el grado de ambigüedad de su poesía, es decir cuanto menos directa sea la lírica, más “literariamente competente” habrá que ser para lograr su comprensión. Dentro del rock argentino, la búsqueda de complejidad fue un rumbo prácticamente inevitable en muchos músicos, especialmente en aquellos integrantes de grupos con gran ductilidad instrumental. Como es sabido, la década del 70 se caracterizó mundialmente por la proliferación del rock sinfónico, que consistió en bandas que en vez de hacer canciones comerciales de tres minutos, optaban por extensas suites con intrincados arreglos, emulando de alguna manera la sofisticación de la música clásica.

Grupos argentinos como Pescado Rabioso (del propio Spinetta), Arco Iris, Espíritu, Crucis, Aquelarre, La Máquina de Hacer Pájaros, entre otros, son claros ejemplos de una búsqueda del virtuosismo y la complejidad sorteando los acotados límites de una banda de rock. Sin embargo, la complejidad también se percibe en el estilo creativo de determinados individuos, sea como solistas o como parte de un conjunto. Tal es el caso de Luis Alberto Spinetta, que en soledad y con una simple guitarra acústica podía componer canciones sumamente intrincadas como “Cantata de Puentes Amarillos” (1973), con varias e irrepetibles secciones, cargada de innumerables y complicados acordes, y con una poesía muy hermética (basada en las cartas del pintor Vincent Van Gogh a su hermano Theo). Todo esto dentro del contexto de un álbum cuasi conceptual dedicado al poeta Antonin Artaud. En otras palabras: para comprender, o siquiera aproximarse a ese universo de la lírica spinetteana se requiere de una profunda competencia cultural, cargada de ciertas lecturas previas, y además con un oído preparado para la ausencia de estribillos y los cambios bruscos en la armonía musical.

Un hermetismo particular

flaco3Cuatro décadas más tarde uno se pregunta: ¿cómo sería aquel oyente medio del rock argentino de los años 70’? ¿Era consciente Spinetta del hermetismo de muchas de sus obras? ¿Por qué su amada muchacha tiene “ojos de papel”? ¿Quiénes son Starosta el Idiota, el capitán Beto, o la azafata del tren fantasma? Sólo por citar algunos de sus versos… Años después, al compararse con Charly García, el Flaco diría que su colega llegaba a las masas porque sabía sintonizar los grandes temas que interesaban al público; y por el contrario, en su caso particular él proponía un tipo de obra de arte de la cual el público se apropiaba luego de reconocerse en ella. ¿Se puede decir entonces que Spinetta de alguna manera preparaba a su público para que pudiera asimilar su obra? ¿Y cómo preparaba a ese público? Tal vez uno de los guiños más frecuentes fue el de apostar en cada recital casi exclusivamente a su más reciente repertorio. Así, podía acostumbrar al público a escuchar atentamente canciones desconocidas, y luego sobrevolar (o no) algunos de sus viejos éxitos.

Un auténtico seguidor del Flaco ya sabía de antemano que en un concierto se toparía con temas del último disco de Spinetta, aún no asimilados por el público (sumado a esto la escasa o nula difusión radial de algunas de sus obras). Ese oyente de alguna manera ya se predisponía a enfrentarse con lo desconocido, a tener una actitud pasiva y contemplativa, tal como había ocurrido varios siglos atrás en Europa cada vez que un compositor como Mozart o Beethoven presentaban en un teatro su nueva partitura. Tal vez así fue forjando Spinetta a un oyente cada vez más curioso, más atento a los cambios, y por qué no, más exigente. De hecho, en 1986 muchos de sus seguidores protestaron cuando el Flaco grabó un jingle para la FM Rock And Pop cambiando la letra de su tema “Camafeo”. El propio Spinetta renegaría también de ese público más papista que el Papa, que había llegado al extremo a abuchear a Charly García cuando apareció como invitado en uno de sus recitales.

Caminos no convencionales

Tampoco hay que pasar por alto un dato no menor: tanto Spinetta como Charly García vivieron su adolescencia en plena década del 60’, ambos de familias de clase media, y en un momento en que el estándar del arte popular pasaba por un momento de vuelo y sofisticación inusitados. Las breves presidencias democráticas de Arturo Frondizi y Arturo Illia fueron culturalmente una bocanada de aire fresco frente a lo que vendría después. Los recitales intimistas en espectáculos de café concert (Nacha Guevara, Facundo Cabral, y los futuros Les Luthiers) o las producciones del Instituto Di Tella aportaron al público argentino una dosis de vanguardia y transgresión, de las cuales se nutriría en parte el naciente rock en castellano, pese a la censura posterior del gobierno militar de Onganía. Expresiones contemporáneas como el Nuevo Cancionero del folklore (con Mercedes Sosa a la cabeza) y el Nuevo Tango de Astor Piazzola, sirvieron de influencia también para aquel adolescente Spinetta, que asistiría (junto a sus compañeros de Almendra) al estreno de “María de Buenos Aires” de Piazzolla y Horacio Ferrer (1968).

Queda claro que en ese momento, ser “rockero” no tenía nada que ver con el futbol, ni con los cantitos de hinchada, ni con las bengalas. Ser rockero era estar abierto a expresiones que condujeran por caminos no convencionales (como las poéticas canciones de protesta del café concert), que produjeran una apertura en la percepción (las obras del Di Tella), y ser rockero era estar abierto a la experimentación y al progreso instrumental y creativo. Y el rockero, más allá de su rebelión adolescente, mantenía la esencia de la educación de las clases medias, portando la ya mencionada “competencia cultural” para entender expresiones más complejas. El público tenía claro que su función era la contemplación de una obra, y no la participación a toda costa del espectáculo como ocurriría años después dentro del llamado “rock chabón” (que pagaría caro su excesiva necesidad de participación con la tragedia de Cromañón iniciada por una bengala del público).

Se nota en toda la obra de Luis Alberto Spinetta que nunca dejó de ser ese adolescente sorprendido ante la belleza, ese joven admirador de los misterios del arte, en cualquiera de sus expresiones. Y tuvo la buena fortuna de que sus primeras canciones se plasmaran en un disco allá por 1969, momento en que una buena parte de la industria cultural estaba dispuesta invertir en artistas originales, con canciones propias y con búsqueda poética… aunque algunos ejecutivos de las discográficas pensaran que sólo serían una moda más, pero eso ya sería otra historia.

Spinetta en cuatro discos

Aquí, cuatro momentos –tal vez caprichosamente seleccionados -que reflejan a nivel discográfico tanto la coherencia como el eclecticismo del incansable Luis Alberto Spinetta.

“ALMENDRA” (1969) ALMENDRA
Un Luis Alberto Spinetta de tan sólo 19 años deslumbraba como compositor precoz de obras de una belleza inédita. En su rol de 2° guitarrista y principal cantante del grupo, también era el autor de 7 de las 9 canciones del LP. Gemas acústicas como “Muchacha (ojos de papel)”, “Plegaria para un niño dormido”, “Figuración” o “Laura va” (con el bandoneón de Rodolfo Mederos) destilan poesía, surrealismo y bellas melodías, con influencias beatle y aires de tango y folklore; aunque también hay lugar para un potente rock como “Ana no duerme”. Votado muchas veces entre los mejores discos del rock argentino, esta obra es famosa también por su tapa con el payaso de la sopapa y la lágrima, dibujo hecho por el propio Luis Alberto, que salió publicado tal como quería el grupo, pese a la intención más comercial de la compañía que prefería la típica tapa con la foto del cuarteto.

“ARTAUD” (1973) PESCADO RABIOSO
Aunque acreditado a su por entonces ya disuelto grupo Pescado Rabioso, este LP cuasi solista del Flaco tiene un insólito título en homenaje al poeta francés Antonin Artaud (1896-1948). Más allá del hilo conductor en torno a esta figura, las canciones del disco cobran su propia independencia y varias ya son clásicas como “Todas las hojas son del viento”, “Cantata de puentes amarillos” o “Bajan”. Por ser un disco prácticamente solista, la voz y la guitarra acústica de Spinetta son los sonidos predominantes, con excepción de algunos temas en formato trío con la participación de ex compañeros de Almendra y de su hermano Gustavo. En la edición original, la tapa diseñada por Juan Gatti no tenía la forma cuadrada habitual, sino que mantenía las curvas del dibujo, por lo que era imposible de ubicar en las clásicas bateas de las disquerías. “Artaud” es otro de los discos más votados entre los mejores del rock argentino.

“PRIVÉ” (1986) SOLISTA
Al igual que Charly García y otros contemporáneos, Spinetta también intentó estar a tono con los sonidos del momento. Toda la parafernalia “maquinosa” de los años 80’ aparece en su máximo esplendor en este álbum que contiene sonidos secuenciados, samples, ritmos frenéticos, instrumentos midi y demás chiches tecnológicos. Al igual que otros discos de la época, “Privé” suena tan 80 que es imposible abstraerse mentalmente y escucharlo de manera atemporal (como sí ocurre con otros discos del Flaco). No obstante, tiene bellas canciones como “La pelicana y el androide”, “Alfil, ella no cambia nada” y el postergado “Rezo por vos”, compuesto junto a García y que originalmente iba a integrar un fallido disco en conjunto (vale aclarar que la versión que grabaría luego García sería la más popularizada). “Privé” muestra a un Spinetta apostando al futuro, sintonizando con los gustos de sus hijos (por entonces niños), y nuevamente sorprendiendo a su público con un disco que para él era considerado en aquel momento como el más fuerte.

“SPINETTA Y LOS SOCIOS DEL DESIERTO” SPINETTA Y LOS SOCIOS DEL DESIERTO (1997)
Promediando una década del 90’ con pocas producciones spinetteanas, apareció este CD basado en el sonido de power trío generado principalmente junto a Marcelo Torres (bajo) y Daniel Wirzt (batería). Su edición se vio postergada debido a las exigencias artísticas que Spinetta mantenía con las discográficas. Finalmente Sony aceptó editar este álbum doble que tuvo cierta difusión con su corte “Cheques”, ayudado por el video en el que aparecía su pareja del momento, la modelo y actriz Carolina Peleritti. Ese romance dispararía por primera vez el interés de los medios cholulos por la vida privada del siempre hermético Spinetta. La crítica especializada recibió con buenos augurios este postergado material, con un sonido crudo que remitía al primer Pescado Rabioso y que volvía a situar al Flaco dentro de esquemas de difusión masiva, acercándolo también a nuevas generaciones. Se destacan temas como el hendrixiano “Nasty people” (en inglés), y las bellas baladas “Jardín de gente” y “Paraíso”, entre otros.

Está nota está publicada en el Número 4
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