Andrea fue secuestrada, drogada, violada, prostituida y vendida. Pudo rehacer su vida y por primera vez cuenta su historia, tan cruda y despiadada como real. Un caso de los tantos que existen en la trata de personas, un comercio ilegal con propósitos de esclavitud reproductiva, explotación sexual, trabajos forzados, extracción de órganos o cualquier forma moderna de esclavitud.

Por Jimena Dilota 

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Fotos: Ayelén Rivarola

Como un ave fénix que resurge de las cenizas, asoma temerosa en el fondo de un largo, húmedo, oscuro y lúgubre pasillo. El calor azota su esbelto cuerpo, pero a ella solo le importa su beba Jazmín, y al compás de la música del legendario Bob Marley, tímida y escurridiza, se opone a concretar la entrevista. Por knock out en el primer round, quedé consternada. Un largo y dificultoso viaje hacia esos pagos desde Mar del Plata (Nota: No vamos a develar el lugar por temor y pedido de la propia protagonista), expectante de narrar una cruda y verídica historia, cuya virulencia podría ayudar a otras chicas. Podría salvar a alguna otra adolescente de estas redes monstruosas de secuestro, sometimiento, drogas, delitos varios, torturas, violaciones y prostitución forzosa. Quede atónita, paralizada como una roca, sin palabras. Al rato, tras unos mates dulces que dieron un poco de relax a la charla, le sugerí hablar, y Andrea abrió su corazón y su mente, y me recitó, como pudo, lo sucedido años atrás.

La joven, bella, impactante, ex modelo publicitaria, que mantuvieron cautiva, secuestrada por un año, bajo amenazas de represalias de muerte, hace un esfuerzo ciclópeo por recordar, y otro aún mayor por olvidar. Es que la ingesta constante e ininterrumpida de drogas que la mantenían atontada como un zombie, le dificultan bastante hacer memoria de cómo acontecieron los hechos, cómo culminó enredada en esa “mierda”, como le llama. Por un momento hasta me distraen sus cabellos ondulados y claros como los rayos del sol, su rostro angelical, sus ojos turquesas y rasgados, su piel blanca como inmaculada porque me es difícil imaginarla en ese contexto voraz, esquelética tras un año sin comer, dopada, abandonada y sumida en las drogas, la desidia y el olvido. Esa adolescencia perdida, robada por un proxeneta inescrupuloso. Pero vuelvo a esta realidad que supera la ficción, cuando Andy me mira fijamente, y me abruma con el humo y el olor a cigarrillo en mi cara. Es que nerviosa, la joven apaga un pucho solo para prender otro, ya que teme que sus palabras la condenen no solo a revivir, sino a “vivir” de nuevo “esa muerte en vida”, pero se atreve a dejar salir sus demonios.

¿Cómo empezó todo?
Una vuelta me llama por teléfono un tipo, bastante mayor que yo, diciendo que se había equivocado de número cuando ni siquiera tenía mi celular. Justo yo estaba desesperada por encontrar a un amigo íntimo que había desaparecido de golpe y que este flaco conocía… Como una tonta le pedí ayuda para encontrarlo, una ayuda que nunca llegó. Eran todas mentiras y engaños. Ese fue mi primer y gran error: confiar en un extraño. Solo se aprovechó de mi desamparo, mi soledad, mi inmadurez. Yo qué sé… Me vino con el cuentito del bueno que me iba a ayudar a recuperar mis cosas, y a encontrar al chabón. Ganó mi confianza como amigo durante meses. No intuía ni me imaginaba nada. Después ya nos pusimos a salir, y ahí todo cambió por completo. Cuando la cosa se puso heavy me dejaba encerrada días enteros bajo llave, no me dejaba ver a nadie, me mantenía sin comer solo dándome merca y pastillas. Estaba sola, con dos amigos: una navaja que pensaba que me protegía, y un aparato para escuchar música.

Entonces este tipo termino siendo tu proxeneta. ¿Te violó alguna vez?
Todo era tan enfermo que pensaba que eran cosas de pareja, pero cuando me veía rescatada se sacaba, y me daba la cabeza contra la cama, al punto que me quebró la quijada, y ese dolor lo siento todos los días de mi vida.

Duda, calla, no deja de moverse y gesticular, se ríe, llora. Se siente incómoda de tener que volver atrás en el tiempo. Y reconoce: “Y sí. Me violaba, pero era como que pensaba que era mi pareja y que eso era normal, no sé”.

Y luego…
No me acuerdo casi nada. Vivía drogada. Son todas secuencias mezcladas que a veces me acuerdo y me hacen mal. No sé si está bien contarte. La cosa es que me venían a ver todo el tiempo, y hablaban a mis espaldas, me llevaban de aquí para allá, me decían cosas horribles acerca de mi familia. De que estaba tirada y sola, que no le importaba a nadie. Me comían la cabeza con todo y nunca me dejaban estar despierta, consciente.

¿Y qué te decían?
Eran muchos tipos, había mucha droga, y en una ocasión después de decirme que me iban a vender pusieron bocha de decenas de fajos de dólares sobre la camioneta en que me llevaban, en mi vida vi tanta plata junta, pero esa vez zafé. Todo era así confuso, fugaz. Solo sé que aparecía en lugares distintos todo el tiempo. (Ahí dice y se desdice, afirma pero niega abusos, que prefiere imaginar que nunca ocurrieron). Sí te puedo contar que me pinchaban seguido el dedo para sacarme sangre. Murmuraban que si tenía HIV no les servía más.

jimena1“Ella da joya para mandarla para allá”, vociferaban con la sonrisa cínica de quien saborea el dinero sucio, de la comercialización de una adolescente indefensa. Aparentemente el destino final era Europa. El perfil de modelo bellísima y fina calzaba justo para los casting subsiguientes, pero había que hallar quien ofertara más dinero, en un mercado tan inmundo como exuberante y exigente. Mientras tanto, el sometimiento, el encierro, la tortura y el abandono seguían siendo el “modus operandi”, para mantenerla drogada y “mansita” hasta que se concretase. En tanto, los captores la exhibían ante los potenciales acreedores. Era como una mercancía que esperaban vender, pero solo al mejor postor.

¿Y la supuesta razón del secuestro?
Me castigaban sin parar. A cada lugar extraño y nuevo que iba repetían: “Es esa”. Me marcaban, me miraban como si me hicieran una radiografía. Me torturaban diciendo que era como una venganza a alguien que yo amaba mucho, es que hubo un negocio de mucha merca que mandaron para Europa, y alguien se quedó con la plata, y parece que ahí empezó todo… Pretendían doblegarme (¿así se dice? Me indaga temblorosa y con los ojos sollozos), hacerme sentir tan sola y basura que no pudiera defenderme, y me llenaban la cabeza con que no tenía salida, porque quienes me podrían ayudar me habían traicionado y vendido. Igual nunca supe la verdad de nada.

El reloj marca las 19 en punto, los minutos pasan pero no puedo dejar de seguir el relato escalofriante. Habla pausado, su voz de tonalidad baja casi como haciendo silencio, pareciese que intuyera que alguien aun la observa las 24 horas, con cámaras cual reality show. Camina de un lado a otro del pequeño y caluroso cuarto, intentando hilar lo ocurrido, mientras la luz se va esfumando por la ventana, y el foco roto nos deja en penumbras.

Me decías que además de tu estado de somnolencia constante, sentías que estabas como atrapada también en tu mente. ¿Qué te abrió los ojos?
Una circunstancia zarpada en peligrosa, de golpe a carcajadas burlonamente, dijeron: ‘Cómo va llorar éste cuando se rescate que la pendeja desapareció del todo’. Solo ahí caí en el agujero en que estaba metida. El peligro que corría… Yo qué sé (expresión que repite como muletilla sin parar), pero hubo algo como místico, flashero (raro), como mágico que me pasó, y te aclaro que soy atea.

¿Qué sucedió? Porque ese fue entonces el momento crucial: un click en tu cabeza…
Toma aire como si le faltase. Mira que el atado de puchos está casi vacío. Corre a buscar en su cartera, y una vez más temo que no regrese a culminar la charla. Sin embargo, un haz de luz ilumina sus ojos tristes y verde agua, y me relata que fue lo que la ‘rescató’. La Barbie, como le dicen sus amigos, exclama: ”Fue re loco, re flashero. Una vuelta me trasladaron a un descampado tipo basural y me soltaron porque no había nadie. De repente cerré los ojos, y le hablé a Dios, por dentro le grite: ‘¿Dios existís?’, porque si fuera así yo no estaría sufriendo todo esto sin salida. Si de verdad existís demostrámelo. Al instante abrí los párpados y tenía, justo enfrente, una nenita como de 5 años con una florcita roja hermosa en la mano, que apareció de la nada. Pero lo más loco, es que ella me ‘abrió los ojos’, me mostró una salida. Ella sólo me dijo: ‘Esa gente es mala y te quiere hacer daño’. Desde ese día empecé a rescatarme de lo que me estaban haciendo, y de cuál era mi destino: que me vendieran”.

¿Y cómo lograste tu ansiada libertad?
Pasó en una secuencia loquísima. No puedo dar detalles porque me matan. No me quiero arriesgar… La cosa que en la fase final del tramo, del engranaje que culmina en la entrega, después de que me habían querido hacer firmar un papel a la fuerza, que yo ni veía, y me negué, cuando me tenían en el último lugar antes de la entrega, grité con todas mis fuerzas pidiendo ayuda ante una llamada que se hizo, y ahí me tuvieron que liberar.

Y luego ¿como siguió tu vida? ¿La abstinencia, las secuelas del horror?
Estuve banda de tiempo que ni siquiera fumaba un pucho ni nada, siendo que viví un año mínimo drogada, empastillada a la fuerza, todos los días. Es como que me convertí en esa nena chiquita que vi en el descampado, y me aislé de todo. Igual nadie me creyó ni me apoyo tampoco… Secuelas tengo varias: los recuerdos horribles pero todo en penumbras, todo mezclado. Quedé paranoica con la gente, no tolero ni que se me acerque algún extraño porque ya me pongo a la defensiva. Me parece que todos me van a reclutar, a llevar lejos de los míos. Y hasta a veces tengo como trastornos de personalidad. La verdad ni idea porque es algo que quiero sepultar. (Cuando las aguas parecían calmas, la sombra del secuestro la volvió a envolver en sus redes).

Huye de la habitación. Sin terminar de narrar la historia tan verídica como inhumana que le tocó vivir. Se larga a llorar como un bebé que acaba de salir del cálido vientre materno… La abrazo con el alma en mis manos para convencerla de que no fue su culpa como cree, que nadie tiene derecho a coartar su libertad. Que, por alguna razón, estuvo en el Purgatorio haciendo “pases” diarios al Infierno, pero que, sin embargo, tras tanta locura, humillaciones, desesperación y dolor, ascendió al preciado Paraíso de la mano de su beba y su actual marido.

Pero en esta sociedad ‘no hay peor ciego que el no quiere ver’, y la trata crece como un infante en desarrollo, y solo unos pocos bregan por esta lucha injusta y desigual. Quizás esta temible historia, que dejó a Andrea en carne viva pero con la mochila menos pesada, sirva para concientizar que la trata de blancas en la Argentina es tan voraz y creciente como las olas del mar.

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Andrea fue secuestrada, drogada, violada, prostituida y vendida. Pudo rehacer su vida y por primera vez cuenta su historia, tan cruda y despiadada como real. Un caso de los tantos que existen en la trata de personas, un comercio ilegal con propósitos de esclavitud reproductiva, explotación sexual, trabajos forzados, extracción...

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