aschColaborador de Nuez Moscada, Hugo Asch es uno de los periodistas gráficos más importantes del país. Fue subdirector de la revista Gente, secretario de redacción de Clarín y La Prensa, director de Playboy y editor general de Caras y el primer diario Perfil. Tiene anécdotas riquísimas en su trayectoria profesional y aquí hace un repaso por algunas de ellas.

Por Alexis Socco

Como periodista cubriste muchas guerras, estuviste en Afganistán, Irán, Irak, El Salvador, Nicaragua. ¿Qué se siente estar en el frente de batalla?
Me encantaba ir a las guerras y Chiche Gelblung, que dirigía la revista Gente en esos tiempos, me daba el gusto. Ir a cubrir un conflicto bélico, para un periodista precoz, que había empezado a los 18 y a los 23 se las daba de corresponsal de guerra, tenía una doble ventaja. Una ficticia: ganarse chicas. Falso. Es inútil, nadie quiere a los héroes. La otra, necesaria: si cubría lo internacional, no me desentendía de lo nacional, que en esa época de Atlántida era básicamente aplaudir lo que hacían los militares. Así estuve en Afganistán, cuando la invadió la entonces URSS; en el Ulster, en medio de los enfrentamientos del IRA contra las fuerzas ingleses inglés cuando Bobby Sands empezó la huelga de hambre (los irlandeses las hacen en serio, no como acá: el tipo, 1,90 de altura y casi cien kilos, murió pesando menos de 50, una muerte terrible dolorosísima); también en la Nicaragua sandinista; en El Salvador, cuando mataron a monseñor Romero, Irak, Irán, en fin. A cuanta guerra había, quería ir. Diré, como algunas actrices a las que le encuentran fotos sin ropas: “Era joven y necesitaba el dinero”. ¿Qué se siente? Bueno, destaco lo de la edad porque en mi caso lo que sentía en ese momento no sería comparable a lo que podría sentir hoy. La adrenalina por tener toda la información y escribir un buen texto sería la misma. Pero, por ejemplo, no me aceptaría la invitación de los boys del IRA para acompañarlos a tirarle molotov a los carros de la policía inglesa. Fui, obvio, y mi tiro fue lamentable. Ellos las arrojaban con maestría, describían un arco perfecto y caían en medio de los patrulleros. La policía respondía con unas balas de goma enormes, no balines. Tengo una, de recuerdo en mi biblioteca. Me dio en una chapa que me dieron como escudo. Me divertía como loco porque era un chico; un profesional, sí; pero un chico. Cuando me metieron preso en una base soviética en Kabul junto al francés Jean Pierre Roberts con dos mongoles apuntándome detrás de la espalda yo pensaba: “Wow, si me matan voy a salir en todos los diarios y el pasillo de la editorial tendrá mi nombre”. Me creía inmortal. De todos modos, no hay tanto para pensar en una guerra. Uno duerme tres horas por día y es una máquina de absorber información, para luego escribirla.

¿Cuál es la nota que más recordás de tu carrera y por qué?
Fue más que una nota. Terminó siendo un número especial de Playboy, todo dedicado a sus dos protagonistas: Julio Bocca y Eleonora Cassano posando desnudos en 1993, con producción de Renata Schussheim. La idea era loquísima y me la había dado Alicia Sanguinetti, la hija de Annemarie Heinrich, la célebre fotógrafa, cuyo archivo revolvía para editar la sección de fotos antiguas de Caras. Ella trabajaba con Maximiliano Guerra, hacía muchas fotos de bailarines y me dijo: “¿Por qué no le proponés un desnudo a Julio y Eleonora? Yo las hago. Vas a ver que dicen que sí”. Fui a verlo a Lino Patalano sin la ninguna esperanza. Imaginar a Bocca y Cassano, los dos bailarines clásicos más prestigiosos del país en Playboy era un disparate. Lino se rió, cuando se lo propuse. Pero no dijo que no. Le conté que yo quería una Playboy más al estilo alemán, con fotos onda Herb Ritt, que había hecho un desnudo con Sharon Stone en blanco y negro que fue fantástico. Volví a verlo varias veces. Hasta que un día, dijo sí. Y casi me desmayo. Lo quería hacer en Nueva York, con su fotógrafo de confianza, Jack Mitchell, que además hacía las tapas de Dancer. De la producción, se iba a encargar Renata Schussheim. Nada menos. Fue una pena enorme para mí que el trabajo no lo hiciera Alicia, que era la que me había dado la idea. Insistí, pero fue inútil: era así, o nada. Y fue así, nomás. Y fue algo increíble. Histórico. La producción fue espectacular, las fotos eran alucinantes, agotamos la edición. La gente los esperaba a los dos, la salida del Colón para que les autografiaran la revista… ¡Playboy! Un delirio. La verdad, cada tanto vuelvo a ver ese número porque todavía me parece mentira que hayan aceptado hacer ese desnudo.

De las tantas que tenés, ¿cuál fue la que la entrevista que realizaste al personaje más poderoso que recuerdes y cómo fue la situación?
Un reportaje a José Napoleón Duarte (Nota: ex presidente de El Salvador entre 1984 y 1989) que había regresado del exilio a El Salvador, que estaba plena guerra civil, con atentados y muertos, todos los días. Estaba tan apurado por el cierre que decidí saltear el trámite de pedir una entrevista y me mandé, a lo kamikaze, a tocarle el timbre, ¡a las once de la noche! Una locura. En cuanto saqué el dedo del botón, ya tenía tres caños a cinco centímetros de mi rostro. “Soy periodista”, balbuceé. Y me creyeron porque solo alguien que no era de allí podía hacer semejante estupidez. Duarte fue muy amable, pero no me causó la menor impresión. También recuerdo a Violeta Chamorro, a la que vi, recién separada de la primera Junta de Gobierno Sandinista y que me recibió en su casa; una señora fina, amable, que no podía imaginarme metida en la política. El que sí me impresionó fue un personaje menor, pero que daba escalofrío: Palumella, capo de la Curva B, la barrabrava del Napoli.

¿Cómo fue ese encuentro con Palumella?
Fui a verlo al barrio Sanitá, reino de la Camorra, donde los tipos se saludan con dos besos en la mejilla y si estás solo, no salís. Por cierto que fui acompañado hasta su oficina. Estaba furioso con Maradona, que ni siquiera podía levantarse de la cama a las 11 de la mañana para entrenarse y, ya sin protección, había sido suspendido por doping. “Vendo relojes”, me contestó, duro como un bloque de cemento, cuando le pregunté de qué vivía. Me mostró un banderín de Boca y unos faxes que había intercambiado con su colega argentino José Barrita, de quien era amigo. Pero seguía contestando con monosílabos. Para romper el hielo le dije que a los italianos, en Argentina, les decíamos “tanos” por ellos, los napolitanos. “Io non sono italiano, gli italiani sono razzisti”, me recitó. Pura línea maradoniana. Cada vez que los napolitanos van a acompañar al equipo a la Italia rica del norte, los reciben con carteles discriminatorios: “Terroni” “¡Africani” “Benvenuti a Italia”. Maradona hizo más por el orgullo de la gente del sur que cualquier político o teórico. Palumella, inexpresivo, asintió con un leve movimiento de cabeza cuando se lo dije. Era un mafioso de verdad; de esos que uno solo ve en las películas.

En tu juventud fuiste a pedirle a la casa a Borges una composición sobre el tema “La Vaca” ¿Cómo llegaste ahí y que dijo Borges al verte?
Bueno, fue mi primer nota y terminé desayunando con Borges. Seis meses antes, era un alumno de quinto año del Carlos Pellegrini. Todo fue muy rápido. No sabía que hacer de mi vida y un amigo de mi familia, el escritor Rubén Tizziani –autor de ‘Los borrachos en el cementerio’, ‘Noches sin lunas ni soles’ (que tuvo una versión fílmica) y ‘Mar del olvido’, entre otras–, habló con Abel González para que me recibiera en la revista Siete Días. Fui, dispuesto a ser cadete, servir café, ordenar papeles, esas cosas. Abel era un señor pelado, culto y hasta conocía la música que a mí me enloquecía: Frank Zappa, King Crimson, Hendrix, ELP. Y ahí nomás, ¡me encargó una nota! Tenía que pedirle un dibujo hecho de niño a pintores famosos y una composición llamada “Rema: la vaca” a escritores. Por supuesto, lo llamé a Borges. Y me invitó a desayunar en su departamento de la calle Maipú. Yo tenía el pelo como Slash y unos anteojos cuadrados, onda Lennon, marrones. ¡Era una bendición que Borges fuera ciego! Lo esperé en el living y de pronto, apareció, con traje y su bastón. La mesa ya estaba lista. Té con leche para los dos, un tazón de corn flakes con leche para Borges, algún bizcochito para mí, tazas de porcelana finísima sobre un individual con la Union Jack. No puedo imaginarme qué habló ese chico de 18 años, es decir yo, con Borges, pero debo haberle caído simpático, porque estuvimos más de una hora juntos. Le gustó mi nombre. “Es corto, como para un héroe de novela”, dijo. Quiso saber si el apellido era de origen judío. Le conté mi mezcla ucraniana / vienesa con una mitad matera rotundamente italiana. Borges sonrió y me contó que también tenía gotas de sangre judía y eso lo enorgullecía más que sus ancestros vascos. Obviamente no tenía ninguna composición “Tema: la vaca”. Pero sí tenía, en la casa de su hermana Norah, un libro de su infancia lleno de dibujos suyos. La llamó y le avisó que “un amigo mío” iba a pasar a buscarlo. Fui. Nora sí me miró con cierto estupor, pero me entregó el libro, que hice fotografiar y le devolví a los cinco días. Tenía páginas como de cera, y estaba lleno de dibujos de un Borges de cinco o seis años. Me impresionaron mucho unos tigres dibujados con un lápiz grueso y muy amarillo. Uno, dos, diez tigres. Su vieja obsesión que se hizo poema. Siempre sentí una enorme gratitud por su gesto. ¡Yo estaba por cumplir 19, era mi primera nota y me abrió la puerta de su casa!

Estuviste en su entierro en Ginebra.
Sí, cuando murió, viajé a Ginebra. Después de la ceremonia del entierro en Plainpalais, me quedé a un costado de la fosa, hasta que todos se fueran. Y lo hice. La última flor, se la tiré yo. Si algo debo agradecerle al periodismo, fue haberme permitido ese secreto privilegio.

Editaste en 2008 un libro llamado ‘Yo me enamoro’. ¿Cuál es su temática y dónde se puede conseguir?
Ese libro tenía muchas de las notas que escribí especialmente para Tendencia, que eran dos revistas que se vendían en un mismo pack, una femenina y la otra masculina. Como eran las mujeres las que compraban el producto, era suicida pensar en una revista masculina de tono machista y usando a la mujer como objeto. Entonces, hice algo más light, aunque la defendía con tapas y producciones con Batistuta, Palermo, Simeone. Y unas notas con mucho humor sobre cómo el hombre se relaciona con las mujeres que escribí yo. La idea era que la mujer “espiara” esos textos, que jamás leería si la revista se vendiera sola. Y yo escribía, en realidad, para ellas, con historias divertidas, que hablaban, de cómo son, y cómo somos los hombres; pero siempre elogiándolas, celebrándolas, convertidas en objeto de deseo, no de manoseo. Bueno, con esas notas, más cosas que tenía escritas, y algún cuento, armé “Yo me enamoro”, libro que editó en 2008 Ediciones B y salvo algún milagro en mesas de saldo, debe estar agorado. El título original era “Yo me enamoro, ¿no seré un infeliz?”, pero con buen criterio, la empresa editora pensó que era más comercial así, con una bajada que decía “Cómo los hombres sienten y viven el amor”. Fue divertido hacerlo. Y no habrá segunda parte porque no soy un experto en el tema ni me interesa serlo. Con ése libro fue suficiente. No soy un experto, más bien escribí desde el fracaso, je.

¿Tenés pensado escribir algún otro libro?
Tengo una novela que vive en mi cabeza desde hace años y no la dejo salir, no hay caso. Soy muy vago para escribir. Quiero decir: no escribo nunca para mí, necesito con urgencia un lector. Es un vicio clásico de periodista, que es lo que finalmente soy. Pero si me siento, algún día, creo que me pasaría tres meses sin comer ni dormir hasta terminarla. La quería llamar “El 73”, porque gira alrededor de ese año, que para mí fue “el” año del siglo, donde Argentina no se ahorró nada; se sacó el maquillaje y se mostró tal cual es, con todo lo bueno y todo lo malo, lo mejor y lo peor, la esperanza y la pesadilla. Y en medio de ese contexto, la adolescencia, el rock, la revolución; en fin. Quizá algún día enloquezca y la escriba. ¿Por qué no?

Actualmente realizás columnas para el diario Perfil, ¿estás trabajando en algún otro medio?
Bueno, con Daniel Pliner creamos una revista para chicos de 8 a 13 años que llamamos Tiki Tiki, algo muy lindo, muy original. Y como solos no podíamos hacerla, se la llevamos a Clarín. Gustó y se armó una especie de sociedad, y digo especie porque nadie es socio de Clarín, como ningún país puede ser socio de Estados Unidos, ¿no? La cosa es que, por el contrato, por el destino, por la misma naturaleza de la empresa, a los tres años nos quedamos sin revista. Ahora la hacen ellos. Sufrí un duelo largo y doloroso por haber perdido algo que uno creó. Nunca me había pasado antes. Me fui de muchos lados, pero ninguna ruptura me dolió más que ésta. Ahora, más allá de las cuestiones legales y de la justicia que espero se resuelvan, estoy viendo que cosa nueva hacer. Sigo listo para “provocar el espíritu público”, como exigía Artaud, je. Si hay ofertas, bienvenidas: las escucharé encantado.

Cómo ves el periodismo en la actualidad, con la caída del papel, la proliferación de lo digital y la precariedad en la profesión, especialmente en el ámbito escrito.
Podía decirte que el periodismo ha muerto, pero no quiero ponerme dramático. El nivel es espantoso, da vergüenza. Cuando era un chico pensaba que ser periodista era lo mejor que me había pasado y hoy, viendo algunos “colegas”, la verdad es que siento que debo probar que no soy un imbécil, si conozco a alguien y le cuento a qué me dedico. La gente no lee, o lee frases cortas, mal escritas, llenas de abreviaturas, en la web. El cambio cultural de los últimos diez años ha sido brutal, impresionante. Cambió todo. Y si los dictadores no cayeron por la lucha de las masas, sino por la invención del microchip, que además reemplazó la censura tradición –que hoy sería inútil, claro– para instalar otra censura a partir de lo fugaz: el reemplazar una noticia por otra. El papel subsiste, por ahora, como un hecho cultural. Leer todo en Internet es más rápido, pero menos creíble. Pero intuyo que esa sensación será pasajera. Como cuando decíamos que el blanco y negro en los diarios era serio, y el color abarataba. Cuando las tablets estén al alcance de todo el mundo, se comerán al papel, lamentablemente. Esperaba que esta historia tuviera el buen gusto de suceder en el futuro, cuando uno ya sea solo memoria. Pero no, pasa ahora, en mis narices. Pero no estoy dispuesto a componer un blues con esto. Hay que adaptarse a los tiempos, si uno pretende seguir adelante. Y en eso estoy.

Está entrevoista está publicada en el Número 4
http://issuu.com/NuezMoscada/docs/nuezmoscada4

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Colaborador de Nuez Moscada, Hugo Asch es uno de los periodistas gráficos más importantes del país. Fue subdirector de la revista Gente, secretario de redacción de Clarín y La Prensa, director de Playboy y editor general de Caras y el primer diario Perfil. Tiene anécdotas riquísimas en su trayectoria...

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