Cuba4

Entre la pobreza, la música y la libreta de racionamiento, La Habana es una ciudad para dejarse llevar. Mariano es periodista y le pedimos que nos describa las sensaciones de su viaje por esta ciudad que, alejada de la tecnología y la modernización, vive las últimas horas de los hermanos Castro al poder.

Por Mariano López (especial para Nuez Moscada)

Le pregunté a Rogelio qué hora era. “La una y cinco”, me respondió tras mirar con dificultad su reloj de pulsera en la penumbra. Calculé que en Buenos Aires la historia ya habría sido escrita. Entonces me animé a prender el celular que dormía en mi bolsillo con su última línea de batería, esperando que alguien me avisara qué había pasado. Los dos escuchamos el sonido de un mensaje entrante y nos miramos en expectante complicidad. Presioné con mi dedo índice en el ángulo superior izquierdo de la pantalla táctil, dejando al descubierto la verdad. El texto era de mi viejo y mucho más directo y corto de lo esperado. Intenté mantener la compostura pero me fue imposible. Una sola palabra hizo que me fundiera en un abrazo con un cubano que acababa de conocer: ¡ascendimos!

El párrafo anterior podría ser producto de la imaginación, parte de uno de los tantos cuentos de fútbol que se han escrito en nuestro país en los últimos tiempos. Pero ocurrió en junio pasado, cuando visité La Habana por primera vez y buscaba conocer la suerte de mi equipo. Nací en Mar del Plata, soy hincha de Temperley por herencia paterna y no suelo perderme las ocasiones especiales para ir a verlo a la cancha. Esta vez el gasolero jugaba su primera final en 15 años y yo estaba a más de 6.000 kilómetros del estadio, sin internet y con mi smartphone casi descargado. En la isla, que sigue negándose a abrirle las puertas a la globalización, el WiFi es muy caro y casi inexistente, no funciona el paquete de datos roaming de los celulares argentinos y el costo de las llamadas y los SMS es prohibitivo. Para colmo, cuando llegué a mi habitación y quise poner a cargar el celular, noté que no tenía el adaptador adecuado. Por suerte me di cuenta de apagarlo antes de perder la carga por completo y así poder prenderlo para recibir la noticia.
Más allá de la pequeña anécdota deportivo-tecnológica, lo primero que hice al llegar al hotel y acomodar los bolsos fue hacer un rápido zapping. Mientras Bea, mi novia, se ponía cómoda, hice un recorrido por la grilla del cable cubano. El servicio, disponible solamente para los turistas, está plagado de canales de noticias venezolanos, rusos, chinos y españoles. También había señales mexicanas de ESPN y Fox Sports, pero ninguna argentina. De todas formas mi atención se centró en Tele Rebelde, que transmitía un partido de la Liga Mundial de Vóley: nunca imaginé que pudiera existir un canal de deportes con ese nombre, cargado de ideología. Apagué la tele y nos fuimos a caminar por la ciudad.

Un San Telmo bombardeado

Es muy difícil ser original escribiendo sobre La Habana y tampoco pretendo serlo. En dos días, tuvimos tiempo para recorrer los lugares más conocidos y desviarnos apenas un poco para salir de la burbuja turística. Al salir del hotel, ubicado en el barrio más antiguo de la ciudad, había gente esperando la salida de los extranjeros. Lo primero que nos pedían era dinero. Pero cuando se daban cuenta de que no ibas a darles plata, preguntaban por ropa, golosinas o elementos de higiene personal. Un asedio permanente que termina siendo molesto pero, hay que reconocerlo, nunca se torna violento. Los más insistentes llegan a seguirte varias cuadras antes de darse por vencido. En mis últimos viajes había usado el Google Maps para ubicarme pero en Cuba tuve que volver a lo clásico: un mapa impreso con las principales atracciones. Lo había bajado de un foro en TripAdvisor y fue de mucha ayuda para ganar tiempo. Tenía un recorrido prefijado y directo que filtraba algunos lugares no tan recomendables. En esa misma página había leído una descripción que me pareció exagerada pero muy gráfica. Decían que La Habana Vieja era parecida a San Telmo, pero después de haber sido bombardeado hace pocos días.

Después recorrer la calle Obispo, repleta de comercios y lugares para comer, decidimos sentarnos a almorzar en Lluvia de Oro, un restaurante que ofrecía un menú a poco más de 10 CUC por persona. Los CUC son pesos convertibles cubanos exclusivos para turistas, un poco más baratos que el euro y de un valor similar al dólar norteamericano. El pescado y la verdura que nos sirvieron eran frescos y sabrosos pero los famosos mojitos no tenían nada de extraordinario. Comimos escuchando una banda en vivo, como muchas de las que actúan en bares de la zona. La alegría de la música cubana brota en cada rincón del barrio. Satisfechos, decidimos salirnos un poco del circuito turístico y vimos la Cuba real, la de los cubanos. Basta con doblar por una de las calles transversales para apreciar cómo se vive en la isla a más de 50 años del triunfo de la Revolución que acabó con la dictadura de Fulgencio Batista. En ese sector de la Capital la infraestructura es antigua y está en muy mal estado de conservación. Construcciones coloniales ruinosas, despintadas y con evidente peligro de derrumbe, pero que siguen estando habitadas. El calor obliga a abrir las ventanas, y se puede ver el interior de las precarias casas. Las calles son de adoquín y las veredas muy angostas. El olor a comida, basura y humedad invade el ambiente. Era una tarde de domingo soleada, con muchas personas sentadas en las puertas de sus casas, como si no tuvieran nada para hacer. Esperando algo que nunca llega.

Cuba2

La caminata, sumada al viaje y la temperatura nos obligó a una pequeña siesta para recuperar energías. Un par de horas más tarde, ya repuestos, decidimos ir a hasta el Malecón, que es el nombre que tiene el paseo de la costanera. Cuando estábamos en camino, conocimos a una pareja de cubanos que paseaba a un viejo yorkshire, casi ciego y sin dientes. Lo que comenzó como una charla de ocasión por el perro terminó ocupándonos toda la noche. Rogelio y Yanet tenían dos hijas de 5 y 7 años y tenían una necesidad de hablar muy grande. Nosotros disfrutamos escuchándolos. Eran críticos del gobierno, pero no tenían libertad para expresarlo. “Todos tenemos que querer a Fidel, aunque no lo queramos. No tenemos opción”, dijeron. Pero al estar frente a extranjeros se sintieron libres de decir lo que pensaban.
Nos sentamos en los bancos del paseo para continuar la charla, mientras las nenas jugaban con el perro y una vecinita. Viéndolas correr y divertirse pensé que podían ser felices sin la ayuda de la tecnología. Viven alejadas de los celulares, el Facebook y los videojuegos pero disfrutan igual de la infancia. Cuando la mayor se acercó a nosotros le regalé el paquete de caramelos que tenía en el bolsillo. Nunca imaginé que no iba a saber qué era y que su madre tuviera que explicárselo. Di por supuesto que hasta en Cuba era normal comer golosinas, pero estaba equivocado.

El prostíbulo del mundo

Rogelio tiene 50 años y la piel curtida por el sol. Nació en la Cuba gobernada por Fidel y siente que su vida le ha pertenecido siempre a los Castro. A pesar de la elevada edad de los hermanos, no cree que vaya a cambiar algo cuando dejen definitivamente el poder. Está convencido que una vez que, con la muerte de Raúl, el poder quedará en manos de otro miembro de la familia. “No tengo motivos para pensar de otro modo”, contó resignado. En la década del ’80, Rogelio fue parte de la Operación Carlota, la intervención militar cubana en la guerra civil angoleña. “Estuve dos años allá por 42 dólares”, aseguró. Y me aclaró que no era un sueldo mensual, sino que esos pocos billetes fueron los que le dieron al regresar a la isla. Una vez finalizado su tarea como soldado recibió ese dinero y una medalla que aún conserva. Ninguna pensión ni beneficio especial por servir a la patria. “Antes de la Revolución decían que Cuba era el prostíbulo de América. Eso cambió: ahora es el prostíbulo del mundo”, nos dijo Rogelio mostrándonos cómo los fiolos ofrecían a las prostitutas en plena calle frente a nosotros.

Mientras recorríamos la oscura noche habanera, Rogelio nos pintó un panorama de lo que es vivir (o sobrevivir) allí. Antes nos aconsejó tener cuidado con los “jineteros”, una clase de pequeños estafadores locales que podrían formar parte de una versión cubana de la película “Nueve Reinas”. Son falsos guías turísticos, vendedores de puros elaborados con el descarte del tabaco y mendigos que piden que les compres artículos de primera necesidad para luego venderlos en el mercado. El sistema genera que sea mucho más redituable mendigar a los turistas extranjeros o revender los insumos del trabajo estatal. Si tenemos en cuenta que el sueldo de un cubano es de una veintena de dólares, lo que pueda sacar de la caridad de un extranjero es siempre una fortuna. Mientras tanto, la vida de la gente honesta transcurre está determinada por los sueldos bajos y la libreta de racionamiento, que alcanza apenas para cumplir con las necesidades básicas de alimentación e higiene. No sólo no hay lugar para lujos sino que hay que rebuscárselas para llegar a fin de mes con cada producto, rozando lo indigno.

Yanet quiso mostrarle su casa a mi novia y Rogelio, por su parte, agradecerme el tiempo que le habíamos dedicado invitándome a compartir su “único vicio”. Fuimos a un pequeño bar y pidió dos latas de Ciego Montero, la Coca Cola cubana. Allí nos distendimos y terminamos hablando de fútbol. Le comenté que estaba esperando tener noticias de mi equipo. Por su parte, ante la inminencia del mundial, hizo una extraña declaración de principios: “quiero que le vaya bien a Argentina pero no a Messi”. Históricamente, el fútbol no ha sido un deporte popular entre los cubanos, que siempre han tenido preferencia por el beisbol, el básquet y el vóley. Sin embargo, en los últimos años la transmisión de los partidos de la Liga BBVA por canal abierto empezó a torcer esa historia, inundando las calles de símbolos del Barcelona y el Real Madrid. Muchos cubanos visten las camisetas de los dos equipos más importantes de España y se ha creado una rivalidad entre los aficionados de ambos conjuntos. Incluso los escudos del equipo de Messi y Cristiano Ronaldo decoran comercios, buses y hasta los toldos de los bicitaxis cubanos. Una demostración del poder de la televisión.

Hemingway y Fidel

cuba1Nuestros amigos nos acompañaron a cenar a un puesto callejero sobre la Bahía de La Habana y aunque les insistimos, no quisieron servirse nada de los mariscos ni del filete de cerdo que pedimos. Solamente permitieron que les pagáramos unas gaseosas para las nenas. Volvimos por la calle Obispo, casi desierta y con muy poca iluminación. Después del improvisado festejo por el ascenso de Temperley, terminamos volviendo de madrugada al hotel. En el camino, mi novia me describió con tristeza lo que vio en la casa de Yanet y Rogelio: “era un departamento viejo y chiquito, con sillones viejos. No tienen lavarropas y en la heladera solamente tenían agua, huesos y un poco de guiso”. Me describió el edificio como un conventillo.

Al día siguiente retomamos nuestra vida de turistas. Entramos en la Bodeguita del Medio, que es un bar tan pequeño y deslucido que no vale la pena más que para una foto de ocasión. Visitamos la Catedral de La Habana, donde no dejaron entrar a mi novia porque tenía pantalón corto. No imagino con que otra vestimenta podría uno caminar por la calle con 35 grados de calor. Ella no aguantó su enojo y le dijo a la guardia: “Dios me quiere igual”. Tomamos un café en El Escorial, en plena Plaza Vieja, y llegamos hasta la Plaza de la Revolución, donde nos sorprendió que ese lugar histórico no sea otra cosa que un gigantesco predio de cemento, donde Fidel Castro solía dar sus discursos de horas y horas de duración. Por la noche fuimos a un show de música tradicional de los ’50 y terminamos el día tomando un Daikiri en el Floridita, el mismo bar donde Ernest Hemingway solía tomar ese mismo trago. Ahora hay una estatua del escritor en la misma posición que solía ocupar en la barra. Pero nunca pudimos dejar de pensar en Rogelio y Yanet. En unas horas más partíamos rumbo a las paradisíacas playas de Varadero a disfrutar de cinco días en la burbuja de all inclusive y ellos debían quedarse en su injusta realidad. Antes de irnos, caminamos bajo el sol frente al Malecón y sus aguas calmas y azuladas. Pero fuimos a despedirnos de nuestros amigos. Les llevamos todas las golosinas que habíamos traído y algunos jabones que no íbamos a necesitar. Ellos no querían beneficencia pero entendieron que lo hacíamos por afecto y no por lástima. Yanet deseó que volviéramos a vernos: “ojalá vuelvan”, se despidió. Rogelio, por su parte, se lo tomó con humor: “quédense tranquilos que si vuelven yo tengo un buen psiquiatra para recomendarles”. No quise irme sin preguntarle si había algo que le gustara de Cuba.

Y me respondió sin dudar: “esto es una mierda, pero es mi mierda”.

Esta nota está publicada en el Número 6
http://issuu.com/NuezMoscada/docs/nuezmoscada6

http://i1.wp.com/revistanuezmoscada.com/wp-content/uploads/2015/03/Cuba4.jpg?fit=1024%2C1024http://i1.wp.com/revistanuezmoscada.com/wp-content/uploads/2015/03/Cuba4.jpg?resize=150%2C150NuezMoscadaCrónicasCuba
Entre la pobreza, la música y la libreta de racionamiento, La Habana es una ciudad para dejarse llevar. Mariano es periodista y le pedimos que nos describa las sensaciones de su viaje por esta ciudad que, alejada de la tecnología y la modernización, vive las últimas horas de los...

Comentar con Facebook