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En diciembre de 1989, Estados Unidos realizó el despliegue militar más grande desde Vietnam para derrocar al dictador panameño Manuel Noriega, un ex agente de la CIA requerido por un juzgado de Miami en una causa de narcotráfico. La operación, bautizada “Causa Justa”, dejó un número desconocido de muertos, heridos y desaparecidos, además de cientos de viviendas destruídas. 25 años después, el periodista argentino Diego Virgolini describe para Nuez Moscada desde Panamá cómo las víctimas de la invasión continúan esperando la apertura de fosas comunes y el esclarecimiento de lo acontecido en aquel mes de diciembre.

Chorrillo ardió, como Berlín. Un fuego intenso, que prendió hasta el zinc. Santa Claus trajo en Navidad bombas para Avenida A. Por estar cerca del cuartel, se quema el barrio y sus discos de Ismael. Entre la sombra, un general rinde el machete, sin pelear.
“20 de diciembre” – Rubén Blades

Por Diego Virgolini

Cuando la lata de gaseosa sabor naranja se volcó sobre la alfombra blanca del salón que usaba el dictador Manuel Noriega, el teniente Octavio Rodríguez se molestó con su hija de tres años y medio, que había estado corriendo con el refresco hasta que se le fue de las manos. ¿Cómo sacar la mancha? ¿Cómo se iba a justificar al otro día? Era la noche del 19 de diciembre de 1989 y todavía le quedaban varias horas de guardia en su puesto del aeropuerto de Paitilla, algo iba a poder improvisar. Su esposa, la subteniente Trinidad Ayola, intentó evitar mayores problemas, tomó a la hija de ambos y se fue para la casa.

Un par de horas después, empezarían a caer bombas y tipos armados hablando en inglés con barras y estrellas bordadas en el hombro. Empezaba a desenvolverse “Causa Justa“, una operación con nombre de película de tiros que implicó el despliegue militar más voluminoso desde Vietnam para sacar del poder a Manuel Noriega, un ex agente de la CIA acusado en Miami por narcotráfico, que días antes había dado un discurso con un machete en la mano, en el que anunciaba que Panamá se encontraba en “estado de guerra contra los Estados Unidos”. El aeropuerto de Paitilla se encontraba entre los 27 objetivos prioritarios de los invasores.

Veinticinco años después, desde el sillón de su departamento de la Avenida Argentina de la capital panameña, Trinidad se acuerda que esa noche llamó a su esposo cuando empezó a ver las llamaradas desde la casa, aún sin saber si había invasión o golpe interno, y él le dijo que se quedara cuidando a la bebé. De ahí en más, nadie atendió ningún otro llamado desde el aeropuerto de Paitilla, y eso era raro, porque Octavio siempre llamaba y se mantenía comunicado. “A la mañana siguiente seguí llamando y decidí salir con un vecino que también formaba parte de las Fuerzas de Defensa, le pedí que me acompañara, y nos fuimos a Paitilla“. En el camino no se cruzaron a nadie y cuando llegaron a los hangares, un avión Cessna volteado fue el primer indicio de los combates. Si bien no encontró a su esposo, al menos Trinidad se sacó una duda: el uniforme de los tipos que la recibieron era igual al de los panameños, pero cuando le apuntaron y le gritaron cosas en un idioma que no entendió, no quedaron dudas. No era un golpe interno.

Y lo volvió a comprobar cuando unos soldados estadounidenses de no más de 20 años la pararon cuando iba para el hospital Santo Tomás para buscar novedades sobre Octavio. “Como hablaban en inglés no me entendían, me hacen bajar del carro y me llevan al área donde se encontraban ellos debajo de unos árboles, y yo les comencé a gritar, les decía en español que si querían a Noriega para qué venían a matar a tanta gente“. Un par de horas después se enteró de que a Octavio lo mataron en Paitilla, y hay quienes dicen que le dieron un tiro a traición por la espalda cuando volvía a reunirse con sus compañeros en medio de una negociación. El retrato de Octavio, con su uniforme y sus eternos 28 años, resalta sobre una de las mesas del departamento de Trinidad, junto a la ‘Resolución de Condecoración Post Mortem’ fechada el 23 de enero de 2015, por el cual ‘se condecora al Tte. Octavio Rodríguez Garrido con la Medalla Caídos en el Cumplimiento del Deber’.

Dividido en dos

Panamá es un país marcado por la injerencia de Estados Unidos. Ese pequeño pedazo de tierra que une a Sudamérica con el centro del continente se separó de Colombia en 1903 básicamente porque a Estados Unidos le resultaba más fácil obtener la concesión para construir un canal interoceánico con los separatistas panameños que con el gobierno colombiano. Desde entonces, Panamá tuvo que convivir con los estadounidenses y sus militares, a quienes se les cedió a perpetuidad el control sobre una franja de diez millas de ancho que cruzaba el país de océano a océano y en donde se construyó el famoso canal. El país quedó entonces dividido en dos, cruzado por una línea bajo control estadounidense.

La exigencia de la restitución de la zona fue la proclama de base de los patriotas panameños, quienes organizaron varios actos pacíficos de “siembra de banderas” nacionales a lo largo del canal. Hasta que en 1959 el gobierno canalero prohibió la entrada de manifestantes y las cosas empezaron a ponerse más tensas, hasta desembocar en el 9 de enero de 1964, cuando la policía estadounidense prohibió el ingreso de estudiantes panameños que querían hacer cumplir un tratado que obligaba el izamiento de la bandera nacional junto a la estadounidense. El saldo de ese día: más de veinte estudiantes asesinados y la ruptura de relaciones con los Estados Unidos.

Recién en 1977, con la firma del tratado Torrijos-Carter, se pudo negociar la devolución del territorio del canal a Panamá para el último día de 1999. Pero ese tratado no dejó contentos a los norteamericanos que vinieron después. En una carta a los Jefes de Gobierno de la novena Cumbre del Movimiento de Países No Alineados de septiembre de 1989, el general Noriega denunciaba presiones del gobierno yanqui para “renegociar la prórroga de la presencia militar y las bases en el Istmo más allá del año 2000”, y para que Panamá enviara tropas para combatir al sandinismo en Nicaragua. Además, se manifestaba en contra de la “amenaza de intervención militar” por parte del Comando Sur de Estados Unidos, quienes “diariamente” realizaban “maniobras militares en territorio bajo la jurisdicción panameña (…) con empleo masivo de blindados, aeronaves de combate y miles de tropas especiales”.
Varios panameños recuerdan los tanques en las calles, provocando, pasando frente al Cuartel General ubicado en el barrio El Chorrillo. La estrategia les funcionó: tanto movimiento constante de tropas hizo que cuando la cosa vino en serio, las fuerzas panameñas tardaran en reaccionar.

Batallones de la Dignidad

panama2El sismógrafo de la Universidad de Panamá registró el primer bombazo a las 00:46 hs. de la madrugada del 20 de diciembre, y otros 416 más hasta que dejó de funcionar 14 horas más tarde. Los estadounidenses llegaron con 26.000 soldados y muchos juguetes de matar que nunca habían sido probados en situaciones reales, como aviones invisibles al radar, misiles dirigidos por láser y fusiles con miras infrarrojas. Las Fuerzas de Defensa panameñas iban a necesitar muchos gestos heroicos para sacar a esa fuerza tan poderosa en número como armamento. Conciente de eso, el general Noriega había creado grupos de civiles armados que defenderían al país en caso de una agresión exterior. Cuando se lanzó la convocatoria, miles de hombres y mujeres se sumaron a los que serían llamados “Batallones de la Dignidad”.

Cuando hicieron la convocatoria fuimos con un grupo de mujeres de El Chorrillo y a mi me toco el Batallón Rufina Alfaro, y ahí una capitana nos enseñaba algunas tácticas para saber cómo teníamos que manejar las armas o caminar por tierra si nos atacaban los gringos”, recuerda Olga Cárdenas en una de las esquinas del Parque de los Aburridos, donde la gente se junta a jugar al dominó y a refugiarse del sol debajo de un tinglado de chapa. Ahora Olga es una dirigente comunitaria de El Chorrillo y hace veinte años que maneja un comedor en esa zona, considerada como una de las más humildes de la ciudad de Panamá.

Días antes de la invasión le preguntó a un mayor que cómo iban a defender el país si no tenían armas, y el tipo le contestó que ella vivía cerca del Cuartel General, que si llegan los gringos, que pase a buscar fusiles. Pero cuando llegó el momento, cuando la televisión empezó a pasar unos cintillos donde se leía “Clave Cutarra”, que era la clave para que se organice la resistencia, fue al cuartel y le dijeron que no podían tener al pueblo civil armado. “Los gringos vinieron de noche, en silencio y matando a todo el mundo, no tuvimos tiempo de hacer nada. Teníamos compañeros manejando ambulancias y nos decían que no hagamos nada, que ya había muchos muertos“. Y así fue. Olga y su batallón nunca llegaron a entrar en combate, pero tuvieron bajas. “Muchos no saben ni porqué murieron. Incluso había civiles que no tenían nada que ver con los batallones”.

¿Fondos para la reconstrucción?

En la zona de El Chorrillo donde era el Cuartel General ahora hay edificios residenciales y un cuartel de policía, entre otras construcciones. El 20 de diciembre de 1989, las bombas y los misiles yanquis de última generación dejaron al Cuartel casi intacto. Lo que destruyeron fueron las viviendas que lo rodeaban, varios comercios y numerosas vidas civiles que intentaban zafar del ataque de helicópteros y aviones. Y si no fue suficiente con la lluvia de explosivos, a la madrugada los invasores empezaron a prenderle fuego a esas humildes viviendas de madera, para despejar el área y sacar a los pequeños focos de resistencia de la compañía “Macho de Monte” que ya había derribado un helicóptero estadounidense. El Chorrillo ardió deliberadamente. Los yanquis señalaron a los Batallones de la Dignidad como autores del incendio. En eso, Olga Cárdenas fue clara: “nosotros no fuimos los que incendiaron el barrio”. Las pérdidas humanas y materiales fueron catastróficas. Después de la invasión los yanquis prometieron fondos para la reconstrucción. Los costos los terminó absorbiendo el Estado panameño. El monumento a los caídos por la invasión está en el ahora llamado Barrio Mártir de El Chorrillo, y más que monumento, es un monolito de dos columnas, un mástil con una bandera panameña en el medio, y un cubo blanco con unas letras desprolijamente pintadas donde se lee “Recuerdo a los caídos del 20 de dic 1989 Coordinadora Barrio Mártir Chorrillo”.

El Estado no puso ni un dólar. La plata para el monumento la juntaron algunos vecinos y un empresario que era medio zurdo”, dice Olmedo Beluche, sociólogo, politólogo y autor del libro ‘La verdad sobre la invasión’. En una recorrida por los lugares que fueron más afectados en aquella noche, recuerda que él era militante del Partido Socialista de los Trabajadores y que en la tarde del 19 se reunieron para analizar si iba a haber una invasión. “Había la creencia de que después de Vietnam, Estados Unidos estaba debilitado, así que prevaleció la idea de que no iba a pasar nada y nos despedimos hasta año nuevo. Y llegué a mi casa a las 12 de la noche, cené con calma, me acosté y empezó el bombardeo”. Entonces se armó una radio de la resistencia y “ahí varios pudimos hacer transmisiones condenando la invasión norteamericana, pero recuerdo que no estábamos nada preparados. Me llama un compañero y me dice ‘¿vamos a resistir de verdad o de mentira?’ y le dije ‘bueno ¿y tu que tienes?’; ‘yo tengo una pistola 22’, y digo ‘coño pero qué vamos a hacer con una 22’, eso no entra a un chaleco antibalas”.

Matanza panameña

panama3Beluche es una de las principales voces que afirman que lo de Panamá debe calificarse como “genocidio” por los ataques deliberados a la población civil. En la contratapa de su libro, se dan algunos motivos: “En una sola noche las tropas norteamericanas asesinaron 100 veces más panameños que 21 años de régimen militar. En una sola semana se hicieron 100 veces más prisioneros políticos que los que hubo durante los 5 años de régimen norieguista. Según lo reconoce el mismo Comando Sur, se mataron centenares de civiles inocentes que no estaban en combate. Se ultimó a soldados y personas que estaban prisioneras. Murieron niños y mujeres embarazadas…”.

Los días posteriores a la invasión fue puro caos y saqueo. Varios comercios fueron vaciados por vecinos aprovechadores y por quienes creyeron el cuento de algunos medios de comunicación, que anunciaban que los Batallones de la Dignidad iban a salir a saquear casas. Beluche recuerda que un vecino suyo aprovechó, salió de su casa con las manos vacías y regresó “con la mitad de una vaca”.

El final a puro heavy metal

Noriega había sido amigo de los yanquis y había trabajado para la CIA, pero a partir del 87 la cosa se empezó a poner tensa. Al año siguiente el gobierno estadounidense aplica sanciones que golpean duramente la economía del Istmo, y un tribunal de Miami lo requiere para declarar en una causa por narcotráfico. Noriega se aferra más al poder. Sabe que si sale del gobierno lo van a encarcelar. En mayo de 1989 se empieza a planificar la invasión en el Pentágono. En octubre de ese mismo año una sublevación militar saca por algunas horas a Noriega del poder, lo esposan y se lo ofrecen a los yanquis, quienes no responden a los llamados. Los 17 oficiales que realizaron la operación se ven rodeados y liberan al general. Todos son fusilados en lo que se conoce como la “Masacre de Albrook”. Después de eso el gobierno tiene más cuidado en la distribución de armas y esconde toneladas de fusiles y lanzacohetes en una isla cercana a Panamá. Al momento de la invasión, los Batallones de la Dignidad necesitaron esas armas, pero no estaban al alcance.

Dicen que al enterarse de la invasión, Noriega se refugió en la casa de una amante antes de meterse en la embajada del Vaticano, que fue rodeada por tropas estadounidenses. Como el hombre no quería salir, y los yanquis no podían entrar, arreglaron el asunto con altoparlantes con música Heavy Metal a todo volumen, las veinticuatro horas. El 3 de enero, Noriega se entrega a las fuerzas invasoras. El general rindió el machete sin pelear. Guillermo Endara, el siguiente gobernante panameño, juraría su mandato en una base militar estadounidense.

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En diciembre de 1989, Estados Unidos realizó el despliegue militar más grande desde Vietnam para derrocar al dictador panameño Manuel Noriega, un ex agente de la CIA requerido por un juzgado de Miami en una causa de narcotráfico. La operación, bautizada 'Causa Justa', dejó un número desconocido de muertos,...

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